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Mnemósine e a biblioteca mental de Pelletier

June 10, 2009

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É uma prazer cada vez mais insubstituível viajar uma vez por mês até ao Norte do país. Em 30 dias consigo apenas  “parar” quando pego na mochila e parto em direcção ao sol tímido dos sábados e domingos lá de cima, aos almoços e jantares com os meus, aos cafés com os amigos, ao cinema, à Brasileira e a tudo o mais que surgir.

Desta vez, apesar de levar um Munch da Taschen na mochila e umas edições atrasadas de uns jornais, só o 2666 de Roberto Bolaño me captou a atenção, vencendo o sono em atraso e o corpo privado de cafeína. Já tinha dado conta no absurdo da minha compra de 2666, mas só agora, depois de despachar Uma Pequena História do Mundo, de E. H. Gombrich, e  Wrong about Japan, de Peter Carey, é que  me entreguei às deambulações de Jean-Claude Pelletier, Piero Morini, Manuel Espinoza e Liz Norten.  Não me lembro de ler algo tão cinematográfico nos últimos tempos. 2666 lê-se como se estivéssemos numa sessão de cinema a seguir avidamente os quatro archimboldianos na procura de um enigmático escritor alemão.  Faz-me recordar O Jogo do Mundo de Córtazar – livro que tenho de reler obrigatoriamente. Fica para já uma das passagens que me arrancou uma valente gargalhada,

A veces pensaba que Pelletier era un amante más cualificado. Otras veces pensaba que era Espinoza. Observado el asunto desde fuera, digamos desde un âmbito rigurosamente académico, se podría decir que Pelletier tenía más bibliografia que Espinoza, el cual solía confiar en estas lides más en el instinto que en el intelecto, y que tenía la desventaja de ser español, es decir de pertenecer a una cultura que muchas veces confundia el erotismo com la escatologia y la pornografia com la coprofagia, equívoco que se hacía notar (por su ausência) en la biblioteca mental de Espinoza, quien había leido por primera vez al marqués de Sade solo para contrastar (y rebatir) un artículo de Pohl en donde éste veía conexiones entre “Justine y La filosofia en el boudoir” y una novela de la década del cincuenta de Archimboldi.
Pelletier, en cambio, había leído al divino marqués a los dieciséis años y a los dieciocho había hecho un ménage à trois con dos compañeras de universidad y su afición adolescente por los cómics eróticos se había transformado en un adulto y razonable y mesurado coleccionismo de obras literarias licenciosas de los siglos XVII y XVIII. Hablando en términos figurados: Mnemósine, la diosa-montaña y la madre de las nueve musas, estaba más cerca del francés que del español. Hablando en plata: Pelletier podía aguantar seis horas follando (y sin correrse) gracias a su bibliografía mientras que Espinoza podía hacerlo (corriéndose dos veces, ya veces tres,y quedando medio muerto) gracias a su ánimo, gracias a su fuerza.

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